La leyenda decía que vino desde el parque Sarmiento, en Córdoba, Argentina, buscando un país sin dengue, pero encontró aquí el cólera. Aunque no se recuerda una fecha exacta, solo aproximaciones de cuando llegó a la ciudad, se sabe, solamente, que en dicho parque vivía cerca a un gran lago lleno de hojas muertas, en donde empezó la infección del agua de toda la ciudad. Aunque algunas autoridades sanitarias habían afirmado que la sepa había llegado desde Entre Ríos, y ahí desde Brasil, pasando por las aguas del Paraná, todo daba a entender que esta era una sepa distinta a la que se propaló por esa zona.
La situación había sido especialmente desagradable para él. El narrador tose, se sienta en su sillón antiguo y empieza la narración:
No se tiene registros de cuando llegó la familia del duende a la Argentina. Se dice que llegó en una de las famélicas embarcaciones que inició su agonía en la lejana Irlanda, que aún clamaba por libertad del yugo británico, sufriendo las injusticias que un tal Bringas les imponía. El exilio irlandés fue masivo en esas fechas, y muchas familias decidían cruzar el Atlántico para encontrar un mejor porvenir. Aunque mucho habían decidido que Estados Unidos o Canadá podrían ser buenos destinos. Algunos le habían echado el ojo a Brasil, Uruguay y Argentina. Nadie sabe con exactitud. Además, muchas otras familias provenientes de España llegaron más o menos en la época que se recuerda un gran desembarco de duendes a esas meridionales costas.
El duende miraba hacia el horizonte, y no sabía con exactitud qué cosas habían ocurrido antes de su nacimiento. Su madre había muerto al darlo a luz. Su padre, luego de encargarlo a dos ardillas se fue a la Guerra del Chaco, de donde jamás volvió. Las ardillas pertenecían a una compañía de teatro que recorría la costa atlántica desde Miramar hasta mucho más allá de Mar de las Pampas. Eran un matrimonio ya de años, que no habían sido bendecidos con la dicha de un hijo, pese a que lo intentaban como cuyes. Por eso el padre de nuestro duende no dudó ni un instante en encargárselo a ellos si es que algo terrible le pasase, como efectivamente pasó.
La Guerra del Chaco fue un evento que bañó de sangre a muchas naciones hermanas, y que terminó con la vida de muchos en ese lejano páramo sudamericano. Todos recordarían con mucho dolor ese episodio. Inclusive para las ardillas, que tuvieron el desatino de ponerle al duende Chaco, de nombre. Algo que decía mucho de la poca experiencia que tenía en la crianza de alguien. Las ardillas practicaban el viejo arte de amaestrar pulgas de gato para que les sirvieran de coro cada vez que representaban una tragedia griega. Y así empezó a enseñarles algunas cosas básicas sobre belcantismo, trabajos manuales y sobre física cuántica neokantiana, sin olvidar las lecciones sobre arte etrusco del siglo XVII, literatura incaica posmodernista y falsificación de huacos argentinos.
En ese ambiente y educación el duende fue aprendiendo oficios básicos: carpintería, zapatería, sastrería, repostería, ingeniería mecatrónica, filología kurda y paleolingüística. Pero los cambios de época, el ingreso del cine y luego la radio a los hogares hizo que la compañía quebrara y que las ardillas cayeran en la bancarrota. Las cosas luego de la compañía de teatro anduvieron muy mal. La salud de los papás ardillas rápidamente se fue deteriorando. La vejez había caído sobre ellos de una manera aplastante.
–Chaco –le decían–, no nos queda mucho tiempo de vida.
Y no les quedaba mucho tiempo de vida.
La situación había sido especialmente desagradable para él. El narrador tose, se sienta en su sillón antiguo y empieza la narración:
No se tiene registros de cuando llegó la familia del duende a la Argentina. Se dice que llegó en una de las famélicas embarcaciones que inició su agonía en la lejana Irlanda, que aún clamaba por libertad del yugo británico, sufriendo las injusticias que un tal Bringas les imponía. El exilio irlandés fue masivo en esas fechas, y muchas familias decidían cruzar el Atlántico para encontrar un mejor porvenir. Aunque mucho habían decidido que Estados Unidos o Canadá podrían ser buenos destinos. Algunos le habían echado el ojo a Brasil, Uruguay y Argentina. Nadie sabe con exactitud. Además, muchas otras familias provenientes de España llegaron más o menos en la época que se recuerda un gran desembarco de duendes a esas meridionales costas.
El duende miraba hacia el horizonte, y no sabía con exactitud qué cosas habían ocurrido antes de su nacimiento. Su madre había muerto al darlo a luz. Su padre, luego de encargarlo a dos ardillas se fue a la Guerra del Chaco, de donde jamás volvió. Las ardillas pertenecían a una compañía de teatro que recorría la costa atlántica desde Miramar hasta mucho más allá de Mar de las Pampas. Eran un matrimonio ya de años, que no habían sido bendecidos con la dicha de un hijo, pese a que lo intentaban como cuyes. Por eso el padre de nuestro duende no dudó ni un instante en encargárselo a ellos si es que algo terrible le pasase, como efectivamente pasó.
La Guerra del Chaco fue un evento que bañó de sangre a muchas naciones hermanas, y que terminó con la vida de muchos en ese lejano páramo sudamericano. Todos recordarían con mucho dolor ese episodio. Inclusive para las ardillas, que tuvieron el desatino de ponerle al duende Chaco, de nombre. Algo que decía mucho de la poca experiencia que tenía en la crianza de alguien. Las ardillas practicaban el viejo arte de amaestrar pulgas de gato para que les sirvieran de coro cada vez que representaban una tragedia griega. Y así empezó a enseñarles algunas cosas básicas sobre belcantismo, trabajos manuales y sobre física cuántica neokantiana, sin olvidar las lecciones sobre arte etrusco del siglo XVII, literatura incaica posmodernista y falsificación de huacos argentinos.
En ese ambiente y educación el duende fue aprendiendo oficios básicos: carpintería, zapatería, sastrería, repostería, ingeniería mecatrónica, filología kurda y paleolingüística. Pero los cambios de época, el ingreso del cine y luego la radio a los hogares hizo que la compañía quebrara y que las ardillas cayeran en la bancarrota. Las cosas luego de la compañía de teatro anduvieron muy mal. La salud de los papás ardillas rápidamente se fue deteriorando. La vejez había caído sobre ellos de una manera aplastante.
–Chaco –le decían–, no nos queda mucho tiempo de vida.
Y no les quedaba mucho tiempo de vida.
