Sunday, March 30, 2008

III

La leyenda decía que vino desde el parque Sarmiento, en Córdoba, Argentina, buscando un país sin dengue, pero encontró aquí el cólera. Aunque no se recuerda una fecha exacta, solo aproximaciones de cuando llegó a la ciudad, se sabe, solamente, que en dicho parque vivía cerca a un gran lago lleno de hojas muertas, en donde empezó la infección del agua de toda la ciudad. Aunque algunas autoridades sanitarias habían afirmado que la sepa había llegado desde Entre Ríos, y ahí desde Brasil, pasando por las aguas del Paraná, todo daba a entender que esta era una sepa distinta a la que se propaló por esa zona.

La situación había sido especialmente desagradable para él. El narrador tose, se sienta en su sillón antiguo y empieza la narración:

No se tiene registros de cuando llegó la familia del duende a la Argentina. Se dice que llegó en una de las famélicas embarcaciones que inició su agonía en la lejana Irlanda, que aún clamaba por libertad del yugo británico, sufriendo las injusticias que un tal Bringas les imponía. El exilio irlandés fue masivo en esas fechas, y muchas familias decidían cruzar el Atlántico para encontrar un mejor porvenir. Aunque mucho habían decidido que Estados Unidos o Canadá podrían ser buenos destinos. Algunos le habían echado el ojo a Brasil, Uruguay y Argentina. Nadie sabe con exactitud. Además, muchas otras familias provenientes de España llegaron más o menos en la época que se recuerda un gran desembarco de duendes a esas meridionales costas.

El duende miraba hacia el horizonte, y no sabía con exactitud qué cosas habían ocurrido antes de su nacimiento. Su madre había muerto al darlo a luz. Su padre, luego de encargarlo a dos ardillas se fue a la Guerra del Chaco, de donde jamás volvió. Las ardillas pertenecían a una compañía de teatro que recorría la costa atlántica desde Miramar hasta mucho más allá de Mar de las Pampas. Eran un matrimonio ya de años, que no habían sido bendecidos con la dicha de un hijo, pese a que lo intentaban como cuyes. Por eso el padre de nuestro duende no dudó ni un instante en encargárselo a ellos si es que algo terrible le pasase, como efectivamente pasó.

La Guerra del Chaco fue un evento que bañó de sangre a muchas naciones hermanas, y que terminó con la vida de muchos en ese lejano páramo sudamericano. Todos recordarían con mucho dolor ese episodio. Inclusive para las ardillas, que tuvieron el desatino de ponerle al duende Chaco, de nombre. Algo que decía mucho de la poca experiencia que tenía en la crianza de alguien. Las ardillas practicaban el viejo arte de amaestrar pulgas de gato para que les sirvieran de coro cada vez que representaban una tragedia griega. Y así empezó a enseñarles algunas cosas básicas sobre belcantismo, trabajos manuales y sobre física cuántica neokantiana, sin olvidar las lecciones sobre arte etrusco del siglo XVII, literatura incaica posmodernista y falsificación de huacos argentinos.

En ese ambiente y educación el duende fue aprendiendo oficios básicos: carpintería, zapatería, sastrería, repostería, ingeniería mecatrónica, filología kurda y paleolingüística. Pero los cambios de época, el ingreso del cine y luego la radio a los hogares hizo que la compañía quebrara y que las ardillas cayeran en la bancarrota. Las cosas luego de la compañía de teatro anduvieron muy mal. La salud de los papás ardillas rápidamente se fue deteriorando. La vejez había caído sobre ellos de una manera aplastante.

–Chaco –le decían–, no nos queda mucho tiempo de vida.

Y no les quedaba mucho tiempo de vida.

Sunday, March 23, 2008

II

La noche caía sobre ellos, también la lluvia. El hermoso sueño de un noche se había diluido entre las gotas gruesas de una lluvia sin antecedentes sobre una ciudad que nunca supo lo que eran los gotas inmensas, rugidos en el cielo, fuertes ventiscas y luces relampagueantes que azotaban el débil manto de luz negra que cubría Lima. Desde su fundación, hacía más de cuatrocientos años, la ciudad jamás había estado preparada para un chubasco como este. Algunas construcciones en las zonas lejanas de Lima empezaron a colapsar. Las antiguas casonas de carrizo y barro del casco antiguo empezaron a caer uno por uno ante la impotencia de las autoridades y de la gente que clamaba por pronta ayuda. Pero todo estaba de más: la ciudad pronto desaparecería si esa lluvia no cesaba lo antes posible.

Debido a la inclinación de la calle que bajaba desde los parques que morían en la avenida 28 de Julio, por uno de los bordes habíase formado un río de lodo que bajaba rápidamente y doblaba rodeando el inmenso parque hacia un palacio inmenso donde la injusticia campeaba, delante de un hotel antiguo y de un lujo que se podía intuir de una gloria pasada. Él aún estaba consciente y flotaba sobre esa agua inmunda que bajaba desde el parque, flotaba sobre una hoja seca de un árbol que sucumbió ante el torrente; la ciudad había colapsado.

Frente a ese antiguo hotel había una estación subterránea de buses que empezó a anegarse con el agua de la lluvia que ya duraba dos horas. Dos horas de lluvia que no cesaba y que iba acumulando en la estación toda el agua que sobre esa zona caía, como si fuera una especie de tazón inmenso de concreto, algo ciertamente peligroso, porque el terreno de la ciudad no era el más estable, así que todo, inclusive esa aparentemente fuerte construcción podría colapsar de un momento a otro. La hoja donde flotaba el duende no era una hoja de un árbol: el narrador se ha equivocado, o quizás ha mentido dolosamente; era un volante de un sex shop, de esos que te ofrecen convertirte el pajarito en un cóndor por una módica suma, de esos que reparten en el cruce de Paseo Colón y Wilson. Sobre ese papel barato flotaba el duende.

El maestro Chubaquita salía de una reunión en donde dio cátedra sobre las diferencias entre la novela histórica propiamente dicha y el subproducto literario pseudohistórico de novelas concebidas para best-sellers, y que solo eran productos que no deberían leerse por ser lo peor que se puede hacer (novelas como la de un tal Patán Braun, titulada El código penal Di Caprio (sin altibajas, otra palabra innecesaria). Acostumbrado, como buen mono de mundo, a este tipo de clima, ya había estado preparado para el chaparrón: vestía su gabardina a lo Humphrey Bogart, un sombrero y su paraguas negro, muy londinense; era además un gran conocedor del clima.

Abrió y con eso golpeó a un gato que pasaba circunspectamente por ahí, murió en el acto. Se ajustó la bufanda y empezó a caminar hacia la estación central subterránea. Preocupado, como gran filántropo que era, por el devenir del medio ambiente y estas locas alteraciones nunca antes vistas, reflexionaba sobre cómo empezaría su discurso inaugural sobre la conservación del Mar de Aral en la Conferencia a realizarse en Mumbai dentro de unas semanas. Era un tema que lo sobrecogía.

Iba a bajar las escaleras, cuando vio algo que lo indignó: el agua anegada ya estaba treinta centímetros por encima del nivel del suelo allá abajo. Era algo impensable en las grandes orbes del mundo en donde él había vivido, había trabajado, había amado. Sacó su celular satelital para quejarse con el alcalde Castañuela, amigo íntimo. Cuando en eso vio algo a lo que no pudo dar crédito.

–No puedo dar crédito a lo que veo –dijo.

I

A la pericota, por la espera.
Se decía que toda su vida había sido un falso ewok, así que adoptó ese nombre, porque ningún otro le definía tan a medida: Falso Ewok. Y siguió bebiendo su vaso de leche Milkito, aunque todos sabían que Milkito ya no existía y que tampoco se tenía recuerdo de que producía leche fresca para comecializar... como todo en él, eso también era falso. Sin embargo, algo debía estar tomando.

La taberna estaba llena de personajes taciturnos, o sea, de personajes que hacían turno para usar la taza del water, porque solo había una, por eso, taci-turnos. Las luces eran bajas y el humo dominaba el lugar. Algunos veían a Laura Bozzo lamerle la axila a Christian Suárez por doscientos euros falsificados y unas pantuflas del jefe Golgory. Falso Ewok los observaba acaso intuyendo que a ellos se refería Zavalita cuando afirmaba ya casi al borde del ostracismo que ahí se había recontrajodido el Perú. Pero el tiempo no daba para más. Miró su reloj con incrustaciones de topacio y sabía que jamás llegaría: Colita se había marchado sin dejarle su parte de la venta de uranio a los chechenos.

Jurando silenciosamente venganza salió del lugar y se puso a caminar por las oscuras callejuelas que rodean el casco antiguo de Jerusalén, aprovechando que había mucha gente y que la ciudad estaba llena de peregrinos judíos y cristianos, los que se habían dado cita en este centro espiritual de las tres religiones más grandes del planeta. Buscaría a su ahijado Michael Corleone para que le hiciera la guachada de enfriarse a Colita sin que eso le involucrase, pero su celular satelital empezó a vibrar, repitiendo una melodía monótona, cuyo única letra era "atocsarrabanal, atocsarrabanal". Era el maestro Chubaquita. Lo que este le decía lo dejó petrificado sobre su sitio.

Pasado el shock, tomó el primer avión que salía para Lima y se dirigió de inmediato hacia el hospital Larco Herrera, en donde un alicaído Duende de la Noche lo esperaba casi moribundo. "Los locos andan afuera", decía mirando por la ventanilla del avión y por la escotilla abierta por donde salieron los locos para no volver. Falso Ewok evocaba con frecuencia esta sabia frase del Duende, su amigo, con quien se inciaron en el difícil arte de hacer bolas de pelo de gato chusco, incluidos los felinos de la alta burguesía del Cercado del Callao.

Chubaquita volvió a llamar. Su discurso fue simple, pero conmovedor:

"Querido discípulo y amigo Falso Ewok: lo peor que temíamos se está cumpliendo. La vieja maldición del duende azul se está cumpliendo: El duende de la noche está a punto de contactear sin haber escrito la última novela que Tenchi Ugaz le había encargado. No te puedo dar detalles ahora, pero pronto nos reuniremos en algún punto de esa ciudad para poder narrártelo todo, aunque quisiera que fuera en otra, porque aún no logro hacer que desaparezcan los fantasmas que me atan a Lima; espero lograrlo parar reunirme contigo allá...".
Chubaquita siguió recordando cómo había llegado el duende a Lima. Falso Ewok sentía que sus ojos se anegaban de lágrimas. A él no le era difícil recordarlo todo. Sentía que todo había pasado ayer, mientras lo miraba al duende en su cama de cuidados intensivos, por la ventanilla de una impersonal puerta de un cuarto de hospital.