Sunday, March 23, 2008

I

A la pericota, por la espera.
Se decía que toda su vida había sido un falso ewok, así que adoptó ese nombre, porque ningún otro le definía tan a medida: Falso Ewok. Y siguió bebiendo su vaso de leche Milkito, aunque todos sabían que Milkito ya no existía y que tampoco se tenía recuerdo de que producía leche fresca para comecializar... como todo en él, eso también era falso. Sin embargo, algo debía estar tomando.

La taberna estaba llena de personajes taciturnos, o sea, de personajes que hacían turno para usar la taza del water, porque solo había una, por eso, taci-turnos. Las luces eran bajas y el humo dominaba el lugar. Algunos veían a Laura Bozzo lamerle la axila a Christian Suárez por doscientos euros falsificados y unas pantuflas del jefe Golgory. Falso Ewok los observaba acaso intuyendo que a ellos se refería Zavalita cuando afirmaba ya casi al borde del ostracismo que ahí se había recontrajodido el Perú. Pero el tiempo no daba para más. Miró su reloj con incrustaciones de topacio y sabía que jamás llegaría: Colita se había marchado sin dejarle su parte de la venta de uranio a los chechenos.

Jurando silenciosamente venganza salió del lugar y se puso a caminar por las oscuras callejuelas que rodean el casco antiguo de Jerusalén, aprovechando que había mucha gente y que la ciudad estaba llena de peregrinos judíos y cristianos, los que se habían dado cita en este centro espiritual de las tres religiones más grandes del planeta. Buscaría a su ahijado Michael Corleone para que le hiciera la guachada de enfriarse a Colita sin que eso le involucrase, pero su celular satelital empezó a vibrar, repitiendo una melodía monótona, cuyo única letra era "atocsarrabanal, atocsarrabanal". Era el maestro Chubaquita. Lo que este le decía lo dejó petrificado sobre su sitio.

Pasado el shock, tomó el primer avión que salía para Lima y se dirigió de inmediato hacia el hospital Larco Herrera, en donde un alicaído Duende de la Noche lo esperaba casi moribundo. "Los locos andan afuera", decía mirando por la ventanilla del avión y por la escotilla abierta por donde salieron los locos para no volver. Falso Ewok evocaba con frecuencia esta sabia frase del Duende, su amigo, con quien se inciaron en el difícil arte de hacer bolas de pelo de gato chusco, incluidos los felinos de la alta burguesía del Cercado del Callao.

Chubaquita volvió a llamar. Su discurso fue simple, pero conmovedor:

"Querido discípulo y amigo Falso Ewok: lo peor que temíamos se está cumpliendo. La vieja maldición del duende azul se está cumpliendo: El duende de la noche está a punto de contactear sin haber escrito la última novela que Tenchi Ugaz le había encargado. No te puedo dar detalles ahora, pero pronto nos reuniremos en algún punto de esa ciudad para poder narrártelo todo, aunque quisiera que fuera en otra, porque aún no logro hacer que desaparezcan los fantasmas que me atan a Lima; espero lograrlo parar reunirme contigo allá...".
Chubaquita siguió recordando cómo había llegado el duende a Lima. Falso Ewok sentía que sus ojos se anegaban de lágrimas. A él no le era difícil recordarlo todo. Sentía que todo había pasado ayer, mientras lo miraba al duende en su cama de cuidados intensivos, por la ventanilla de una impersonal puerta de un cuarto de hospital.

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