Sunday, March 23, 2008

II

La noche caía sobre ellos, también la lluvia. El hermoso sueño de un noche se había diluido entre las gotas gruesas de una lluvia sin antecedentes sobre una ciudad que nunca supo lo que eran los gotas inmensas, rugidos en el cielo, fuertes ventiscas y luces relampagueantes que azotaban el débil manto de luz negra que cubría Lima. Desde su fundación, hacía más de cuatrocientos años, la ciudad jamás había estado preparada para un chubasco como este. Algunas construcciones en las zonas lejanas de Lima empezaron a colapsar. Las antiguas casonas de carrizo y barro del casco antiguo empezaron a caer uno por uno ante la impotencia de las autoridades y de la gente que clamaba por pronta ayuda. Pero todo estaba de más: la ciudad pronto desaparecería si esa lluvia no cesaba lo antes posible.

Debido a la inclinación de la calle que bajaba desde los parques que morían en la avenida 28 de Julio, por uno de los bordes habíase formado un río de lodo que bajaba rápidamente y doblaba rodeando el inmenso parque hacia un palacio inmenso donde la injusticia campeaba, delante de un hotel antiguo y de un lujo que se podía intuir de una gloria pasada. Él aún estaba consciente y flotaba sobre esa agua inmunda que bajaba desde el parque, flotaba sobre una hoja seca de un árbol que sucumbió ante el torrente; la ciudad había colapsado.

Frente a ese antiguo hotel había una estación subterránea de buses que empezó a anegarse con el agua de la lluvia que ya duraba dos horas. Dos horas de lluvia que no cesaba y que iba acumulando en la estación toda el agua que sobre esa zona caía, como si fuera una especie de tazón inmenso de concreto, algo ciertamente peligroso, porque el terreno de la ciudad no era el más estable, así que todo, inclusive esa aparentemente fuerte construcción podría colapsar de un momento a otro. La hoja donde flotaba el duende no era una hoja de un árbol: el narrador se ha equivocado, o quizás ha mentido dolosamente; era un volante de un sex shop, de esos que te ofrecen convertirte el pajarito en un cóndor por una módica suma, de esos que reparten en el cruce de Paseo Colón y Wilson. Sobre ese papel barato flotaba el duende.

El maestro Chubaquita salía de una reunión en donde dio cátedra sobre las diferencias entre la novela histórica propiamente dicha y el subproducto literario pseudohistórico de novelas concebidas para best-sellers, y que solo eran productos que no deberían leerse por ser lo peor que se puede hacer (novelas como la de un tal Patán Braun, titulada El código penal Di Caprio (sin altibajas, otra palabra innecesaria). Acostumbrado, como buen mono de mundo, a este tipo de clima, ya había estado preparado para el chaparrón: vestía su gabardina a lo Humphrey Bogart, un sombrero y su paraguas negro, muy londinense; era además un gran conocedor del clima.

Abrió y con eso golpeó a un gato que pasaba circunspectamente por ahí, murió en el acto. Se ajustó la bufanda y empezó a caminar hacia la estación central subterránea. Preocupado, como gran filántropo que era, por el devenir del medio ambiente y estas locas alteraciones nunca antes vistas, reflexionaba sobre cómo empezaría su discurso inaugural sobre la conservación del Mar de Aral en la Conferencia a realizarse en Mumbai dentro de unas semanas. Era un tema que lo sobrecogía.

Iba a bajar las escaleras, cuando vio algo que lo indignó: el agua anegada ya estaba treinta centímetros por encima del nivel del suelo allá abajo. Era algo impensable en las grandes orbes del mundo en donde él había vivido, había trabajado, había amado. Sacó su celular satelital para quejarse con el alcalde Castañuela, amigo íntimo. Cuando en eso vio algo a lo que no pudo dar crédito.

–No puedo dar crédito a lo que veo –dijo.

No comments: